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25 de junio de 2019 | Yécora, Sonora, México | Verenise Fernández Sesma

¿Quién no ha tenido el gusto de hacer castillos, casas o figuras en la arena? Llegar a la playa con palita y balde en mano para jugar en la arena; buscar una lata o bote vacío para que sirviera de molde para construir castillos, hacer complejas carreteras o altas murallas. El tiempo pasa volando mientras trabajamos arduamente en la construcción del castillo, de pronto, sin percatarnos, la marea ha subido, enviando una ola que en cuestión de segundos desbarata y derrumba la obra, arrastrando la arena nuevamente al mar.

¿O has intentado alguna vez levantar un castillo de cartas (naipes)? ¡Yo sí! Fue muy divertido hacer el esfuerzo de colocar una carta sobre otra evitando a toda costa que alguien se acercara o hablara para evitar que el más imperceptible chiflón de aire tumbara la frágil construcción, que al fin y al cabo terminaba desplomándose al menor descuido.

¿Qué tienen en común estos dos tipos de “construcciones”? Ninguno de las dos tenía cimientos apropiados para resistir ni el agua ni el viento, por más insignificantes que estos fueran.

Precisamente en Mateo 7:24-27 Jesús concluye El Sermón del Monte hablando de cimientos con una parábola en la que compara a dos hombres que edificaron una casa. Puedo imaginarme a estos dos personajes construyendo con una gran ilusión sus casas: cada día ir hasta donde se encontraba el terreno elegido y, sudando bajo los calientes rayos del sol, trabajar hasta que ya los últimos destellos de luz se extinguen en el horizonte. Por fin llega el día en que terminan su gran obra y anuncian a sus respectivas familias que pronto se mudarán. Pero esa noche, justo antes de terminar de empacar la última caja, se desata una terrible tormenta que deja caer una lluvia torrencial y vientos furiosos azotan contra las puertas y ventanas. En cada uno de estos hombres hay expresiones diferentes: uno se muestra tranquilo y, sin preocupación alguna, ayuda a su esposa a sellar esa última caja; el otro, desea aparentar serenidad y trata de demostrar ecuanimidad, sin embargo, los músculos de su rostro dan evidencia de tensión y ansiedad. El primero, hombre prudente, construyó sobre la roca, un cimiento que dura para siempre. El segundo, hombre insensato, construyó sobre la arena, un material que aparentemente era fuerte pero que al llegar el agua de la tormenta pronto se desmorona, cayendo el edificio que con tanto esfuerzo construyó.

Los propósitos de los cimientos, según información encontrada en la página web About-haus.com, son:

  • Ser suficientemente resistentes para no romper por cortante.
  • Soportar esfuerzos de flexión que produce el terreno, para lo cual se dispondrán armaduras en su cara inferior.
  • Flexibles, acomodarse a posibles movimientos del terreno.
  • Soportar las agresiones del terreno y del agua y su presión, si las hay.

El propósito de Jesús al decir: “a cualquiera que oye estas palabras y las practica…” es que al oír y poner en práctica cada uno de los principios que nos dejó en su Palabra, seamos hombres y mujeres prudentes, hombres y mujeres que sin importar que enfrentemos las tormentas más poderosas o los vientos más huracanados, seamos capaces de ser “suficientemente resistentes” para no rompernos, que podamos ser capaces de “soportar esfuerzos de flexión” al tener puesta la armadura de Dios (Efesios 6:13), podamos ser “flexibles” (dóciles, tolerantes, adaptables) a los cambios o ante las adversidades inesperadas contentándonos cualquiera sea nuestra situación (Filipenses 4:11) pues hemos echado nuestros cimientos sobre la Roca, que es Cristo.

El hecho de estudiar la Biblia, leer la matutina, contestar la lección cada día y asistir a los cultos durante la semana y los sábados, NO es garantía de cimientos firmes. ¿Estamos realmente poniendo en práctica lo que leemos? ¿Estamos sentados en la iglesia realmente “escuchando”? ¿Salimos de cada culto decididos a poner en práctica todo lo “oído”?

De acuerdo con un albañil con quien platiqué, los cimientos deben tener de 60 cm a un metro de profundidad, para casa de uno y dos pisos respectivamente. Si hasta ahora no hemos sido “prudentes” y nuestros “cimientos” no han sido probados o no son lo suficientemente profundos, es momento de permitir que Jehová edifique nuestra casa (Salmo 127:1) para que cuando vengan situaciones difíciles podamos mantenernos erguidos y firmes, seguros de que nuestros cimientos tienen la profundidad necesaria y están sobre nuestra roca y fortaleza (Salmo 31:3), Cristo Jesús.

¿Cuán profundos son tus cimientos?